Un análisis, hoy en día, no se puede concebir sin el horizonte del pase, no se puede efectuar sin tener en cuenta este suplemento de la experiencia analítica que es el pase. No hay final de análisis que no se sitúe ante su posible uso y su consiguiente lazo con la Escuela.
Pero el pase no es ninguna obligación. Lacan señala que al analista “nada le obliga” a someterse a la prueba del pase (1). Entonces ¿se trata de una elección? Es, en todo caso, una elección forzada. Para mí, por lo menos, no fue del orden de un cálculo; sucedió que el pase  se apoderó de mí al ser alcanzado por un real impensable. En efecto, está el momento privilegiado del acto cuando se hace efectiva la demanda a la Escuela, pero la decisión se había ido produciendo en mí a lo largo del análisis, mejor dicho, en determinados momentos cruciales,  momentos de pase.

 
 
 

Cada vez que en el análisis se hacía presente la dimensión del objeto, es decir, que se tocaba mi posición de goce, entonces, podía vislumbrar el final de análisis como posible, y, sin solución de continuidad, dicho final estaba vinculado con el pase y tocaba mi relación con la causa analítica.
He elegido dos de estos momentos de pase en el interior del dispositivo analítico.

Primer momento

Al principio del análisis, estando ya presente la dimensión didáctica de la experiencia, debo decir que me encontraba sobre todo concernido por su dimensión terapéutica. En realidad, puesto que había entrado en el psicoanálisis por mi práctica clínica, por la vía terapéutica, llegar a ser psicoanalista de hecho para mí era más que suficiente. Quería ser psicoanalista por mi práctica, autorizado por la práctica clínica. Desde el punto de vista epistémico, la teoría y el saber se encontraban en un lugar ideal bajo el peso del efecto devastador de un superyó feroz que me decía: eso no es para ti. En  efecto, mi relación con el saber funcionaba como un desmentido de la castración. Creía, entonces que ser psicoanalista de derecho (2) era algo reservado a otros, a unos pocos, a los más mayores. En esos momentos yo no podía anticipar las consecuencias del acto analítico, las consecuencias de proseguir  el análisis hasta el final y llegar a verificar que un psicoanalista lo es por ser producto de su análisis.
Durante buena parte del análisis, al estar constreñido por la significación fantasmática que comandaba  la repetición, pensaba que nunca llegaría a un final comme il faut. El lugar asignado por la interpretación fantasmática, el lugar de excluido, expulsado, aseguraba el goce del sentido extraído de la cadena significante, S1-S2, prometer- decepcionar. Cada promesa en relación con el ideal de transformación terminaba abocada en una nueva decepción. De esta manera, dedicado como estaba a segurar la consistencia del Otro, me cerciorara de que el acceso al objeto a, el plus de goce, estuviera cerrado. Así lo muestra el discurso del inconsciente: en la parte superior, tenemos la cadena significante S1-S2 y, en la inferior la doble barra de la imposibilidad indica que el sujeto no puede acceder a saber nada del objeto pequeño a.
La repetida cantinela del es que… fue agujereada por la que considero la interpretación fundamental del caso:”Hay que pasar del es que al sé que”. Interpretación que como el dedo levantado de san Juan señalaba la dirección del horizonte deshabitado del ser. Una interpretación que, al modo del  Wo es war soll ich werden freudiano, trazaba un arco que iría del principio al final de la cura, del es que de la impotencia al sé que de la imposibilidad. Se abría la puerta a un sujeto llamado a advenir allí donde ello era.
Esta interpretación apuntaba a otro lugar, a otra cosa. Abría el intervalo significante, habilitaba el resquicio por donde podía aparecer el resto retenido de goce que en su momento había escapado a la acción mortificadora del significante y con el que yo hacía pareja en mi fantasma para gozar.
Me vi reducido a un objeto, un moc (moco), primer nombre que encontré para el plus de goce. Había hecho pareja con ese objeto durante toda mi vida. Una rinitis crónica y una sinusitis, es decir, incontinencia y retención, habían logrado que pasara gran parte de mi vida pegado a un pañuelo. Ser el moco del Otro me había llevado a ocupar la posición de objeto de preocupación de mi madre. Por otra parte, siendo el benjamín en la fratría de los hermanos, fui el mocoso de mi padre. Mi espesura sintomática respecto del saber se reveló una identificación del amor al padre destinada a obturar la insuficiencia.
Los efectos terapéuticos producidos tras dejar esta posición de mortificación fueron espectaculares. El desmontaje de mi posición de alienación respecto de la demanda del Otro decantó una primera interpretación de la castración materna. Por otra parte, la caída de la identificación paterna desatascó la vía del saber abriendo el cauce de nuevos circuitos. Además, ello tuvo efectos en el cuerpo que me evitaron pasar por el quirófano que tenía prometido. Debo decir que aún ahora a veces me sorprendo cuando al poner la mano en mi bolsillo compruebo que, efectivamente, la vida es posible sin estar pegado a un pañuelo.
Con la salida de la lógica fálica y el descubrimiento del plus de goce  y de sus variadas presentaciones, tuve por primera vez la convicción de que un final de análisis era posible para mí, cuando antes tan solo me cabía esperar la muerte del Otro o ser expulsado como una escoria, como un moc.

 Segundo momento

El objeto causa del deseo, el objeto de la pulsión, es colocado sin que el sujeto lo sepa en el Otro de la transferencia, es el referente latente en el algoritmo de la transferencia. Este objeto no se puede deducir hasta que el fantasma no se haya construido y no se haya atravesado su pantalla imaginaria, en ese momento, lo más singular del sujeto en tanto objeto pulsional cae como resto de dicha operación. El analizante debe atravesar, entonces, en la misma transferencia, el hecho de reconocer y consentir que no hay sujeto en el Otro, es decir que no hay otra causa del deseo que la del objeto pequeño a, del que el analista se hace soporte en la cura por ser su representante.
Entonces, es en la transferencia donde se acabará despejando lo más singular de la pulsión. Este punto está ilustrado con un sueño que interpreta la equivocación del sujeto supuesto saber y que tiene la estructura del Witz, del chiste: Yo llegaba a sesión y notaba un cambio en el rostro del analista que no podía precisar, al levantarme del diván, tras el corte de sesión, descubría con sorpresa, que mi analista ya no llevaba barba. Me quedaba un instante escrutando con atención su rostro imberbe. Saliendo de la consulta, mientras bajaba las escaleras, descubría con perplejidad que mi analista nunca había llevado barba.

El analista representado por el significante del saber caía para dar paso al analista semblante de objeto pequeño a: representante de la representación (3) del analista. Se producía la separación entre el gran I del Ideal y el objeto pequeño a. El analista aparecía caído del ideal, como un mocoso respecto del saber sobre el goce, imberbe de lo real. El analista quedaba reducido a im.-ver-be, a una mirada. De esa mirada había sido soporte en la cura.
La extracción del objeto del campo del Otro hizo estallar su consistencia, se reveló en mí la inexistencia de un  Otro fabricado a la medida de mi goce más autista. Tras el encuentro con la incompletud del saber del Otro percibí la relación de inadecuación del sujeto con el saber. Después de ese momento crucial di el siguiente paso: me dirigí sin pensarlo, con determinación, al corazón del la Escuela, al pase, allí donde se restituye una nueva relación con el sujeto supuesto al saber distinta de la del análisis.
Mi relación con la Escuela hasta entonces se había caracterizado por el cumplir en función de la demanda del Otro. La Escuela era para mí un gran Otro sin barrar, consistente, sostenido en una lógica fálica. En cambio, se trataba ahora de mi responsabilidad. Aparecía una Escuela construida alrededor del agujero de lo real y basada en la diferencia. Con este cambio de posición subjetiva en el momento que  establecía un nuevo lazo con la inexistencia del Otro me di cuenta de que estaba en la experiencia personal del pase (4). Concluí que era el buen momento para ser pasador y así se lo expresé a mi analista.
Ya no me  encontraba en la sala de estar de la Escuela tratando de pasar desapercibido como un invitado anónimo, ahora entraba decidido hasta el fondo, hasta la cocina, se había abierto en mí un apetito decidido de saber, un deseo de llegar hasta el final, allí donde no hay garantía del Otro. Se produjo aquí una anticipación de lo que iba a ser la conclusión de mi análisis y se había puesto en juego el deseo de usar el suplemento del pase. Ahora puedo decir que este movimiento que se empezó dentro del análisis produjo una primera sustitución de mi analista por el psicoanálisis. Se produjo un primer reemplazo del analista-síntoma que sostiene la experiencia por la causa analítica. Tenemos aquí la metáfora del pase planteada por Miller: el psicoanálisis en lugar del analista (5).
Del es que, allí donde no sabía lo que yo era en mi deseo, al sé que tras haber advenido allí donde ello era, habiendo pasado de la impotencia a la imposibilidad, habiendo experimentado el verdadero agujero, allí donde definitivamente el Otro falta, allí donde no hay ningún orden de existencia. Ahora puedo decir sé que, sé que el significante no alcanza a decir mi ser, sé que la destitución subjetiva abre la vía a la pulsión y que mi deseo se articula con lo más singular del goce pulsional. Consintiendo en reconocer allí mi ser, me hago responsable de mi deseo, me hago responsable de la incidencia en el  Otro del ejercicio de la pulsión.
Para vivir el deseo, para la buena salida de la pulsión, se precisa implicar al Otro; esto es lo que he tratado de transmitir en este testimonio. En cada momento crucial de mi análisis en el que tocaba la inexistencia del Otro, allí donde se revelaba lo éxtimo del objeto pulsional, la salida se producía a partir de un nuevo Otro, ahora descompletado, donde poder alojar ese éxtimo. Esto ocurrió en mí y desde el primer momento sentí que no me lo iba a quedar solo para mí. Lo éxtimo empujaba para hacerse oír,  y ¿Qué mejor lugar que el dispositivo del pase que ofrece la Escuela para ello?
Mi análisis no terminó con la mirada, es decir, que hay miradas que, afortunadamente, todavía me importan. En relación con el psicoanálisis y con la Escuela, siempre existirá una mirada que me va a dividir. Es una mirada que me causa, ya no es una mirada amenazante ni persecutoria; por el contrario, es una mirada que, como el faro para el navegante en la oscuridad de la noche, me sirve de orientación.
El psicoanálisis y la Escuela toman el relevo del analista-síntoma de la experiencia constituyendo así un destino y otra modalidad de tratamiento del goce irreductible del síntoma.

 

 

BIBLIOGRAFIA
1- Lacan, J. “Nota Italiana”, en Uno por Uno Nº 17. Buenos Aires Eolia-Paidós. 1991.
2- Miller, J-A. “Intervención en el Colegio Nazareno”, Roma, en AMP-UQBAR, 27 de Mayo del 2001.
3- Lacan, J. “L´étourdit”, en Autres écrits, Paris, Seuil, 2001, Pág. 487.
4- Íd, “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, en Momentos Cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aires, Manantial, 1987, Pág.  20.
5- J-A. Miller, Curso La orientación lacaniana, clase del 13 del 05 de 1989, inédito