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BOCaDOS 8 – Valeria Sommer Dupont

por 28/09/2026No Comments

No se habla con la boca llena

Evidentemente, no es la máxima educativa lo que me interesa acá, sino la lógica de estructura que deja escuchar: para que haya palabra, hace falta un pequeño agujero.

¿Un agujero… dónde? ¿En el estómago? ¿En la boca? ¿En el cuerpo? ¿En el Otro?

Agujero y falta, no son lo mismo. Y una boca vacía no por eso habla.

 

Sopa de letras

La demanda y la tendencia oral “se forman en mismo órgano”. Ahí, indica Lacan en el Seminario VIII, “reside el trastorno”1Lacan, J., El Seminario, libro 8. La transferencia (1960-1961), texto establecido por J.-A. Miller, trad. Enric Berenguer, Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 234.: “la tendencia de la boca que tiene hambre» se expresa, “por esa misma boca, en una cadena significante”2Ídem, p. 233..

El lenguaje, entonces, no viene simplemente a agregarse a posteriori a una función alimentaria que sería primera. La perturba de entrada. La agujerea. Lacan dirá incluso, más adelante: “el lenguaje come lo real”3Lacan, J., El Seminario, libro 23. El sinthome, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 32..

Desde el momento en que la necesidad pasa por los desfiladeros del significante y se dirige al Otro, algo se desprende de ella. La demanda de ser alimentado ya no se reduce a la leche ni al objeto que apacigua la necesidad; implica también la demanda dirigida al Otro, que va hasta la demanda de amor, que nunca podrá ser plenamente satisfecha. El deseo encuentra su lugar en esa distancia.

Antes incluso de que el infans hable, es hablado. El Otro le presta palabras, anticipa sus intenciones, interpreta sus gritos. La madre, subraya Lacan, “no es meramente la que da el seno [sein], sino también la que da la signatura [seing] de la articulación significante.”4Lacan, J., El Seminario, libro 6. El deseo y su interpretación, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 41.

El avioncito

“Una para mamá”, “otra para papá”, el alimento circula junto con los significantes del amor, del don y de la satisfacción. Usamos fácilmente sobrenombres golosos, de resonancias deliciosamente caníbales para nombrar al niño: “mi bombón”, “mi bomboncito”, “mi cosita rica”, “mi dulce de leche”… Más de una vez hemos escuchado a alguna madre o padre quejarse de su niño bajo el modo: “El nene no me come”, indicando con ese me, dativo de interés, que alrededor de la comida no están solamente el niño, su hambre y el objeto que podría satisfacerla. Podemos leer que lo que se juega en estas interacciones “tiene un alcance diferente del de la pura y simple satisfacción de la necesidad.”5Ídem.

Por ese mismo agujero, el infans hace abababa: saborea los sonidos, los repite, de algún modo los mastica. Antes de querer decir algo, la lengua ya se gusta en la boca.

Antes incluso de que haya una palabra constituida, el cuerpo está afectado por lalengua. Por la boca pasan el alimento y los sonidos, pero no se trata de la misma satisfacción. La boca que toma, rechaza, muerde o escupe es también aquella por la que se profieren sonidos que afectan el cuerpo antes de querer decir algo. La satisfacción no se reduce ni a la nutrición ni a la transmisión de une mensaje. La boca no es solamente un órgano de la alimentación ni el lugar por donde se emiten sonidos y palabras. Zona erógena, constituye uno de esos bordes del cuerpo donde la pulsión sexual encuentra una satisfacción que no coincide con la necesidad.

Hors-d’œuvre

El sueño de la pequeña Anna Freud, de diecinueve meses, resulta ejemplar al respecto. Después de haber vomitado, la ponen a “dieta”. La noche siguiente “a ese día de hambre”, su padre la oye decir mientras duerme: “Anna F.eud, f.esas, f.esas silvestres, evos, papia”6Freud, S., La interpretación de los sueños, en Obras completas, vols. IV-V, trad. José L. Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu; sueño de la pequeña Anna Freud, cap. III. p. 149.. Ana habla en media lengua, nos dice Freud (se come algunas letras al hablar).

Lacan vuelve extensamente sobre este sueño en el Seminario VI. Lo que le interesa no es solamente que el deseo desborde la necesidad alimentaria. Lacan señala que los alimentos que Anna nombra no son aleatorios, todos llevan la marca del No “ante la demanda, le dijeron ¡No!, ¡nada de agarrar eso!” Ese No funciona, dice Lacan, como un “afijo simbólico”, un “común denominador” que “introduce una unidad en la diversidad de esos términos”.7Lacan, J., El Seminario, libro 6. El deseo y su interpretación, Buenos Aires, Paidós, 2014, Capítulo «El sueño de la pequeña Anna, parte 2». No se trata, precisa Lacan, solamente de que algo le haya sido prohibido, la prohibición ha sido dicha. El inter-dicto permanece dicho aun cuando se obedezca y no se tome, agarre, el objeto. El significante de la prohibición no hace, entonces, simplemente desaparecer el objeto: lo marca, lo distingue y lo hace entrar en una serie de significantes. La satisfacción puede quedar interdicta sin que por ello desaparezca aquello que el deseo articula; más bien, algo de esa imposibilidad misma pasa a la cadena significante. Lacan muestra así que la prohibición puede cumplirse en el hacer -Anna obediente, no come-, mientras que aquello que no se hace puede articularse en el decir.

Lacan señala también otro detalle que no es uno: Anna “se anuncia”. Al nombrarse al comienzo de su sueño, Anna abre el menú. Pero no está solamente frente a él: su nombre está en él.

Lacan precisa justamente que ese Yo (je) de la enunciación todavía no está del todo autentificado como tal. Algo está precipitándose en la estructura8Ídem.. No hay un sujeto ya constituido que luego enumera sus objetos: en esa enumeración, el sujeto mismo queda tomado en el discurso que articula. Hors-d’œuvre, podríamos decir: Anna se inscribe en el menú antes de poder situarse plenamente como aquella que lo enuncia.

La comida prohibida pasa así a una cadena significante. El objeto sustraído de la satisfacción ha quedado apresado por el significante. La boca a la que algo le falta habla en sueños.

“¡Éste no!”

En el Seminario VIII, Lacan da un paso más. Por el solo hecho de que la boca hambrienta se expresa en una cadena significante, puede designar el alimento que desea. Pero ¿cuál?

“Lo primero que resulta de ello es que esa boca puede decir — Éste no”. Lacan prosigue: “La negación, el desvío, el me gusta eso y ninguna otra cosa del deseo, se introduce ya aquí, y la especificidad de la dimensión del deseo salta a la vista”.9Lacan, J., El Seminario, libro 8. La transferencia, óp. cit., p. 233-234.

Ese pequeño «no» merece que nos detengamos.

Freud ya había situado, en La negación, la función del juicio del lado de “las mociones pulsionales orales, las más antiguas”. Antes de que el juicio pueda atribuir o no una propiedad a una cosa, Freud da esta traducción corporal: “Quiero comer o quiero escupir esto.” Y en una traducción más amplia: “Quiero introducir esto en mí o quiero excluir esto de mí”. El yo-placer originario “introyecta todo lo bueno, arroja de sí todo lo malo”.10Freud, S., «La negación» (1925), Obras completas, vol. XIX, trad. José L. Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu, pp. 254 y 256. Más adelante, Freud distingue la negación de la expulsión: hace de la negación la “sucesora de la expulsión”, de la Ausstossung.⁹

Pero ser sucesora no implica una simple continuidad. En la lectura de Hyppolite retomada por Lacan, entre la expulsión y la negación se produce un salto: la negación supone la creación del símbolo no. Lacan precisa que esta “creación del símbolo” ha de concebirse “como un momento mítico, más que como un momento genético”11Hyppolite, J., «Comentario hablado sobre la Verneinung de Freud», y Lacan, J., «Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud», en Lacan, J., Escritos, Buenos Aires, Siglo XXI.. Entre escupir y decir no, no hay una simple continuidad evolutiva.

El “¡Éste no!” permite precisamente escuchar ese salto. La boca ya no se limita a escupir lo que le desagrada. Dice: no es eso. La distancia se inscribe en la cadena significante.

Este pasaje me parece esencial para pensar el «hablar» del lado de la pulsión oral en el niño.

El lenguaje no viene solamente a permitir pedir el objeto. Introduce la posibilidad de rechazarlo.

El sujeto puede, de ahora en más, no querer lo que se le da. Incluso puede no querer aquello que había pedido. Hay ahí algo más que un capricho alimentario. En “¡Éste no!”, la satisfacción deja de poder cerrarse exactamente sobre el objeto ofrecido. Algo excede aquello que podría satisfacer la necesidad. Ese desajuste abre la dimensión del deseo.

El “¡Éste no!” deja abierta todavía la posibilidad de otro objeto. Pero el rechazo puede ir más lejos. No querer este no equivale a querer otro. Puede incluso hacer de la nada un objeto. Lacan lo llevará hasta su formulación sobre la anorexia: no simplemente no comer, sino comer nada. La nada entra así en la dialéctica oral como aquello que permite que la oferta del Otro no sature el lugar del deseo.

El gusto por la palabra dependería entonces menos de que la boca encuentre finalmente el objeto bueno que de que pueda hacer valer el no es eso.

Pobrecito cocodrilo…

En el Seminario XVII, Lacan da al deseo de la madre una figura que se volvió célebre: “Es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca”. Hay, agrega, “un palo, de piedra por supuesto, que está ahí, en potencia, en la boca y eso la contiene, la traba esa. Es lo que se llama el falo. Es el palo que te protege, si de repente, eso se cierra”.12Lacan, J., El Seminario, libro 17. El reverso del psicoanálisis, trad. Enric Berenguer y Miquel Bassols, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 118.

Si la imagen habla por sí sola, evidentemente no se trata de señalar a una madre realmente devoradora, y mucho menos de hacer de una supuesta patología materna la causa de todo. La devoración nombra un riesgo de estructura, no una intención psicológica fallida. El propio Lacan, a medida que avanza su enseñanza, separa cada vez más la estructura del mito. Lacan permite distinguir aquí el mito de la estructura a la que el mito da una forma épica: “El mito es esto: el intento de dar forma épica a lo que se opera a partir de la estructura”13Lacan, J., «Televisión», en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 558.

Ya en el Seminario V, la prohibición no concierne solamente al niño: “No te acostarás con tu madre”; recae también sobre el Otro materno: “No reintegrarás tu producto”.14Lacan, J., El Seminario, libro 5. Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires, Paidós, p. 208. Algo hace obstáculo a que el niño venga a saturar el deseo del Otro.

Que algo del deseo del Otro permanezca en otra parte, sin poder ser saturado por el niño, abre un espacio en el que este puede no ser enteramente el objeto demandado.

El niño también muerde. La boca no sirve solamente para recibir. Escupe, vuelve a escupir, muerde, profiere. Sobre todo, puede decir: “¡Éste no!”.

En el mismo pasaje del Seminario VIII, Lacan señala que el encuentro no se produce simplemente entre una necesidad y el objeto que podría satisfacerla, sino entre dos demandas: demanda de ser alimentado y demanda, proveniente del Otro, de dejarse alimentar. Y es precisamente allí donde aparece “la discordancia, el fracaso preformado del encuentro”. El sujeto puede rechazar “desaparecer como deseo por el hecho de ser satisfecho como demanda”.15Lacan, J., El Seminario, libro 8. La transferencia, op. cit., pp. 231-234.

El hambre y las ganas de comer nunca terminan de juntarse, no porque no pueden, sino porque es imposible. Su encuentro no puede cerrarse en una adecuación completa. Una suerte de versión oral del no hay relación sexual.

Sin reducir la clínica a esta única lógica, el rechazo puede adquirir entonces el valor de una tentativa por preservar esa distancia: no desaparecer como deseo en la satisfacción de la demanda del Otro.

“¡Éste no!”: no exactamente lo que vos querés darme, no exactamente lo que vos querés que yo sea.

Los famosos «¿por qué?» incesantes del niño pueden escucharse por esta misma vertiente. Una respuesta llama a otra, después a otra, y aún más: encore. La respuesta recibida no agota la pregunta. Algo insiste en esa distancia y relanza. Importa entonces menos saciar esa demanda que escuchar la enunciación en lo que se enuncia. Un “¡Pero mirá qué pregunta!” o “qué preguntas!”, pueden responder menos al enunciado que acusar recibo de la enunciación.

Separticiones

Pero “¡Éste no!” todavía no es la separación. Rechazar el objeto no necesariamente significa poder perderlo.

Para extraerse de la saturación, algo tiene que poder caer.

En el Seminario X, Lacan forja el término “separtición”: “La separtición fundamental —no separación, sino partición en el interior— he aquí lo que está inscrito desde el origen, y desde el nivel de la pulsión oral, en aquello que será la estructuración del deseo”.16Lacan, J., El Seminario, libro 10. La angustia, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 256. En el Seminario XI vuelve así al mammal complex de Edmund Bergler. La oralidad de la que se trata, precisa, “nada tiene que ver con el alimento” y “su peso proviene de ese efecto de mutilación”.17Lacan, J., El Seminario, libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, p 276.

El objeto oral no se define entonces, en primer lugar, por su cualidad nutritiva. Algo de la relación con el objeto implica pérdida, caída, separabilidad. La boca se constituye entonces como un borde alrededor de un vacío.

¡No se come ni se habla con la boca llena!

Una pérdida, entonces, una abertura mínima. Condición del deseo, cierto, pero que de ningún modo garantiza el gusto por la palabra. Agujero, falta y pérdida de objeto no son equivalentes. No es porque tengamos una boca que van a salir verdades de ella. No porque una boca hable va a salir de ella el inconsciente.

Que el inconsciente salga de la boca del niño, que se haga oír allí como sorpresa, traspié, equívoco, como un decir que excede lo que el niño creía decir, no es algo dado de antemano. Que la palabra produzca un corte en el circuito de satisfacción, que introduzca un desplazamiento, incluso un enigma, que implique una dirección al Otro, tampoco lo es.

Una boca puede gozar sin hablar. Puede hablar sin que ello produzca un corte en el modo de gozar.

Objetos y gadgets

Algunos objetos de consumo alimentario tienen algo interesante: condensan por sí solos varias satisfacciones. Tomemos el caso de la simpática Pom’Potes (pequeño sachet de compota de manzana y de otras frutas, un clásico de la merienda francesa).

Alimenta, por supuesto, pero el uso que padres e hijos hacen de ella excede ampliamente su función alimentaria. Para el adulto, el objeto práctico, estampillado “fruta”, permite responder fácilmente a las prescripciones higienistas del Otro de la salud pública (los famosos “cinco porciones de frutas y verduras por día”). Para el niño, el placer puede prolongarse en el terreno del lenguaje y de la picardía: saboreando la adivinanza impresa en el paquete o, haciendo una farsa, una vez vaciado el envase, vuelve a inflarlo para hacerle creer al adulto que todavía está lleno, provocando un “¡¿pero no comiste la merienda?!”, y el niño se dirá “la merienda quizás no, pero a vos sí, ¿te lo comiste? ¿te lo tragaste?”. Es curioso que “farsa” tenga etimológicamente una resonancia alimentaria (relleno) y teatral (un engaño montado para el otro).

Lo más interesante no es el objeto mismo, sino lo que el niño logra hacer con él una vez que el objeto ya está vacío. Una farsa, una broma, un significante toma el relevo de lo que fue consumido. El objeto deja de ser solamente aquello que se come; una vez vacío, puede entrar en un juego con el Otro.

Encontramos objetos así por todas partes. La industria y la publicidad parecen saber algo de esta lógica y no pierden la ocasión de sacar partido de ella: que la satisfacción no se agota en el consumo del objeto.

Beatriz Gregoret me recordaba el alfajor argentino Fulbito: se come el alfajor y, después, con el envoltorio puede hacerse una pelotita para jugar al fútbol entre los bancos de la escuela. Consumido el objeto, queda el envoltorio; y con ese resto, el juego vuelve a empezar. Ya no se trata de comerlo, sino de hacerlo circular.

Otro ejemplo es el postrecito Danonino. Por un lado, satisface al Otro parental con la promesa de un alimento nutritivo; por otro, se ofrece al niño bajo las especies del postre. Pero la cosa no termina una vez vaciado el pote. Beatriz señalaba una publicidad en la que el niño juega con el envase y la cucharita, haciéndolos sonar. El objeto alimentario se vacía y, precisamente una vez vacío, se presta a otros usos y otras satisfacciones.

La publicidad lleva incluso la promesa más lejos con el eslogan «Salvar la sobremesa»: no solamente alimentar, entonces, sino hacer durar algo alrededor de la mesa, incluso hacer volver allí la conversación.

El objeto se consume, pero la satisfacción no se consume con él.

A la inversa, ciertos usos del objeto tienden a reducir ese intervalo: objeto inmediatamente disponible, renovado sin interrupción, destinado menos a perderse que a permitir que la satisfacción vuelva a empezar. La cuestión clínica no consiste en condenar tal o cual gadget —pantalla incluida— sino en ubicar, para cada niño, qué función adquiere: objeto con el que juega u objeto que lo tiene agarrado; objeto que circula u objeto que tapona.

Quizás sea acá donde la lógica adictiva nos aporta un contrapunto.

A la distancia introducida por el “¡Éste no!” se contrapone menos un “otra vez ése” (aún, encore, ese) que un puro “otra vez”, aún.

Lo que se reitera no es necesariamente el mismo objeto, sino una satisfacción, un modo de gozar. Jacques-Alain Miller propone así, en El ser y el Uno, distinguir la repetición significante, que hace cadena (“una sucesión que se cuenta y se suma”), de una iteración: “la pura repetición, la reiteración del Uno de goce, para la cual hemos tenido que inventar y promover en la actualidad el termino de adicción”.18Miller, J.-A., El ser y el Uno, curso de la Orientación lacaniana, lección impartida el 30 de marzo de 2011, publicada: “Una dirección para la escucha analítica” en revista Freudiana n. º 67, 2013 p.13.

El contraste con el “¡Éste no!” se vuelve entonces particularmente marcado del lado de la palabra.

“Éste no” introduce diferencia y negación. Una cosa se distingue de otra; algo se dirige al Otro y puede llamar a otro significante. El otra vez, el aún, de la lógica adictiva pone, por el contrario, en evidencia una satisfacción susceptible de reiterarse sin tener que pasar por esa articulación diferencial.

Esta reiteración puede sostenerse sin que su lógica dependa de una demanda, de un enigma o de un saber que implique al Otro. La palabra puede, por otra parte, acompañar esa reiteración sin por ello desplazarla, incluso alimentándola.

La boca, entonces, nunca está del todo llena: puede estar ocupada en volver a llenarse.

¿Cómo interpretar sin atiborrar?

El niño es demandado por el Otro antes incluso de poder formular una demanda. El analista, por su parte, no demanda nada. ¡Nos abstenemos! Fácil decirlo, difícil sostenerlo. Ahí está toda la pimienta de la orientación lacaniana: no saturar con una respuesta aquello que, en la palabra, puede producir corte o enigma.

Al “otra vez”, al “aún” del goce, no se trata de responder con más sentido.

Es ahí donde la oralidad nos enseña algo acerca de la interpretación.

Lacan advierte en el Seminario VIII: “La trampa es, por supuesto, que al interpretar le dan al sujeto algo con lo que se alimenta la palabra”.19Lacan, J., El Seminario, libro 8. La transferencia, op. cit., p. 239.

La interpretación misma puede convertirse en alimento. El sentido puede alimentar una satisfacción: es lo que Lacan llama gosentido.

Samuel Beckett ofrece en El innombrable una formulación tan graciosa como despiadada: “a fuerza de oír que lo habían encontrado en un repollo, el niño termina recordando hasta el rincón de la huerta y la vida que llevaba allí antes de nacer”.

Ahí está el peligro de una interpretación: el relato provisto por el Otro adquiere una consistencia tal que el sujeto puede terminar habitándolo. Una explicación, una etiqueta diagnóstica -“neuro”, “psico-traumática”, “familialista” u otra- puede comportar el mismo riesgo cuando viene a saturar el enigma en vez de dejar abierta la opacidad de lo que se dice, su carozo indigesto, inasimilable.

Preservar el campo de la palabra sería también preservar la posibilidad de un «Éste no» dirigido al sentido que nosotros mismos proponemos y así preservar lo indigesto.

Lacan prosigue: “Responder a la demanda de alimento, a la demanda frustrada, en un significante nutriente, deja elidido” aquello que está “más allá de todo alimento de la palabra” y que necesita verdaderamente: el objeto del deseo”.20Ídem. De ahí la extrema prudencia que reclama respecto de la interpretación en el registro oral21Ídem p. 234..

No se trata, entonces, de privar al niño de palabra, sino de no confundir palabra con un atracón de sentido.

¿Cómo interpretar sin comerse el campo del deseo?

Más adelante, en La tercera, Lacan describe el síntoma como “un pececito cuya boca voraz sólo se cierra cuando tiene sentido donde hincar el diente”. Y plantea la alternativa: o con eso “prolifera”, “o revienta. “Lo mejor sería […] que reventara lo real del síntoma.” 22Lacan, J., «La tercera», en Intervenciones y textos 2, trad. Julieta Sucre, Juan Luis Delmont y Diana S. Rabinovich, Buenos Aires, Manantial, 1988, p. 84.

Esta indicación desplaza la interpretación. Ya no se trata solamente de descifrar más, sino a veces de cortar, de equivocar, de hacer sonar de otro modo aquello que se decía demasiado bien.

Una interpretación-cuchillo más que cuchara: no dar más de comer, sino apuntar al corte y dejar abierta la posibilidad de un «Éste no».

Clementina

Una nena de cinco años, cuyo nombre evoca algo comestible, llamémosla Clementina, se despierta de noche, llora y llama.

Sus padres tienen una interpretación de lo que ocurre. Dicen, se despierta porque el chupete se le cae mientras duerme. Y actúan en consecuencia: atan el chupete a la cama para que ya no pueda perderlo y evitar así “el llamado en mitad de la noche”.

Clementina ya no pierde el chupete, pero empieza a tener pesadillas: una bruja se la quiere comer.

Sin establecer demasiado rápido una relación causal, retengamos el texto y el contexto de la pesadilla: en el momento en que el objeto ya no puede perderse, aparece una figura que, ella sí, quiere devorarla. El chupete no estaba solamente atado a la cama. Había quedado atado a la interpretación que los padres le habían dado: la niña llama por eso.

El objeto tapona, y el sentido también.

El trabajo se centró entonces menos en el chupete mismo que en aquello que podía recubrir ese “llamado en mitad de la noche” y en la angustia que el llamado de la niña suscitaba en los padres. En vez de sustituir la explicación anterior por una nueva, se trataba de hacer jugar: ¡éste no! No esta interpretación, sin proporcionar otra.

La interpretación operó allí como un “éste no”.

Un intervalo pudo volver a abrirse. Las pesadillas cesaron. Algún tiempo después, Clementina aceptó la propuesta de su madre de “mandar el chupete por correo a un chico que lo necesitara más que ella”.

¿Frustración compensada? ¿Pequeña invención familiar? No decidamos demasiado rápido. Digamos simplemente que esa solución lleva la marca de lo que se goza y se dice en esa familia: dar a alguien que estaría “más necesitado”. Un arreglo singular de lobo-suelto, cordero atado.

Podemos leer este pequeño dispositivo como una manera singular de consentir a una pérdida. Y quizás no se trate solamente de la pérdida consentida por Clementina. Los padres también soltaron algo: el objeto que garantizaba su interpretación del llamado.

El objeto sale así, de alguna manera, de la boca de los padres y de la de la niña.

Otra circulación se vuelve posible.

Un hilo empieza entonces a precisarse. El otra vez indica un modo de gozar que se reitera, incluso en medio de las palabras. El “¡Éste no!” es importante, no porque sea una manera de poner en palabras un sentimiento, sino porque introduce una diferencia en el régimen mismo de satisfacción: no es eso, no exactamente eso. Se produce una distancia.

No es hablar más lo que nos orienta, sino aquello que, en la palabra, puede producir un corte en lo que se repite.

Hacia el verso

Es en este punto donde el verso poético nos interesa. El verso trata la palabra misma: corta, escande, hace resonar, equivoca. No nos interesa como expresión de algo oculto en el cuerpo, sino por cómo perturba la materia de las palabras, cómo perturba lo que se repite del goce.

Tomemos la palabra del niño como se dice un verso. Jean-Claude Milner y François Regnault escriben: “Decir el verso es, o debería ser, manifestar mediante la voz hablada las propiedades del verso, todas sus propiedades, aquellas que lo caracterizan como verso y hacen que no sea prosa, aquellas que lo caracterizan como fragmento de lengua y hacen que no sea un ruido insensato”.23 Milner, J.-C. y Regnault, F., Dire le vers. Court traité à l’intention des acteurs et des amateurs d’alexandrins, Lagrasse, Verdier, 2008. La cita es traducción propia del francés.

Tomar en serio esta indicación en nuestro campo implicaría desprenderse, en la medida de lo posible, de las prosas biográficas, neuroevolutivas o comportamentales que explican demasiado bien al niño, para permanecer atentos a los recortes, las sonoridades, los accidentes, los equívocos – a esa lit-oralidad, borde donde la lengua toca el cuerpo.24Cf. Lacan, J., «Lituratierra», en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.

El verso también procede de un corte.

No lo dice todo de corrido. Introduce una escansión, un blanco, un retorno. Allí donde la prosa explicativa tiende a encadenar, el verso recorta.

Hacia el verso: he ahí una dirección posible de la cura con niños; no es “mandar fruta”, es hacer lugar a los recortes por los cuales la palabra puede dejar, por un instante, de hacer prosa.

Frente al riesgo de “ser engullido o vomitado”, Beckett se pregunta “qué ocurriría si hablara para no decir nada, realmente nada; quizás así evitaría ser mordisqueado, o conseguiría serlo más lentamente. Pero hablar sin decir nada parece imposible: siempre queda algo, «un pequeño sí, un pequeño no».”25Beckett Samuel, Lo innommable. Traducción propia del francés.

Ese «pequeño sí, ese pequeño no»: una boca que podía tomar, tragar, escupir puede también hacer oír un corte en aquello que le sirven.

El desciframiento del inconsciente procede entonces menos de un agregado de sentido que de un recorte: un sonido se desprende, un equívoco resuena, un rechazo hace borde, un decir agujerea el bla-bla-bla.

La cura abre esa posibilidad en la palabra del niño. Puede hablar abundantemente mientras el goce prosigue su circuito; a veces, sin embargo, algo se desprende del flujo de palabras, sorprende y produce un corte.

En La tercera, Lacan advierte que el analista dependerá de lo real y no al contrario: “El advenimiento de lo real no depende para nada del analista en modo alguno. Su misión la del analista, es hacerle la contra. Al fin y al cabo, lo real puede muy bien desbocarse, sobre todo desde que tiene el apoyo del discurso científico”.26Lacan, J., «La tercera», op.cit. p.87.

Hacer frente a ese real no consiste en pretender reabsorberlo en el saber ni en recubrirlo de sentido, sino en no colaborar con el borramiento de aquello que resiste tanto a uno como al otro, lo inasimilable, intragable, incomible.

El discurso capitalista, por su parte, responde a aquello que no satisface: otro objeto más.

“¿Éste no?” —Acá tenés otro.

Lacan lo decía en Milán en 1972: el discurso capitalista “marcha demasiado rápido, se consuma, se consuma tan bien que se consume”.27 Lacan, J., «Del discurso psicoanalítico», conferencia en la Universidad de Milán, 12 de mayo de 1972. Inédita en español.

Si el psicoanálisis respondiera demasiado bien a la demanda de desembarazarnos de lo real y del síntoma, la religión dispone precisamente del recurso del sentido. Frente a las perturbaciones introducidas por la ciencia, Lacan anticipa que la religión tendrá “muchos más motivos aún para apaciguar los corazones” y sabrá dar sentido “truculentos” a aquello que irrumpe.28Lacan, J., El triunfo de la religión, precedido de Discurso a los católicos, trad. Nora A. González, revisión de Graciela Brodsky, Buenos Aires, Paidós, 2005, especialmente pp. 79-80 y 86.

Saber, objetos, sentido: en la mesa del Otro contemporáneo no faltan platos.

¿Con qué salsa se comerán el inconsciente del niño?

Afinar nuestro oído a esa lit-oralidad es mantener abierta la posibilidad de que, frente a aquello que le servimos, el niño pueda responder:

Éste no.

El inconsciente no está en el menú del día. Nos incumbe anotarlo en la pizarra.

 

Valeria Sommer Dupont

Psychanalyste ECF/AMP – École de la Cause freudienne / Association Mondiale de Psychanalyse
Miembro del Comité de Iniciativa del Instituto Psychanalytique de l’Enfant.
Directrice du CPCT Enfant Parents Paris.