Argumento
Cuando una familia logra hacer lugar a un movimiento de separación en el que se esclarecen los lugares y las funciones, cuando esa operación logra inscribir un límite y enlazar al niño a un decir propio, posibilita a éste singularizar un decir y una satisfacción, y no quedar absorbido por las soledades contemporáneas, allanando las vías de la identificación.
Pero a esta altura de la época es frecuente encontrar familias capturadas en mecanismos de repetición -casi a la forma de las adicciones- en los que aquello que no cesa de no escribirse, de insistir -en una pura saturación o en un completo vacío- deja al niño en un abismo de soledad que lo impulsa, sin palabras que bordeen su angustia, hacia el acting o el pasaje al acto.
Una condensación holofraseada de padres y niños, de adultos e infantes sin posibilidad de sujetarse a algún significante que los nombre a partir de un deseo particularizado, dan lugar a lo que ya Lacan llamaba el niño “generalizado”, haciendo presentes comportamientos de excesos virulentos que apresuradamente son atribuidos a razones de desarrollo o de fracaso de la educación, sin considerar que la ruptura que el tiempo lógico del inconsciente porta -por el encuentro siempre traumático entre el cuerpo y lalengua- inscribe indefectiblemente un goce imborrable de repetición.
Esta relación del sujeto a la pulsión resulta cada vez más ignorada y borrada por la ciencia, por las “técnicas de la mente” y por una educación atravesada por los programas de coaching y de neuro-cognición, pronunciando aún más la deriva hacia circuitos pulsionales sin frenos.
La agitación y el desenfreno de exigencias pueriles e ilimitadas desencadenan desbordes familiares que acentúan la errancia e impiden al niño transitar entre otros de una manera orientada. Un enloquecimiento de los cuerpos en el que se acoplan malestar y angustia y que revela eso imposible de la infancia.
Y es que, al desoír las elaboraciones que la pulsión realiza entre el traumatismo y el núcleo sintomático de cada hablanteser se abre el camino a las salidas por la agresividad o por el rechazo del saber y del Otro.
Podemos fácilmente constatar que el absoluto y omnipresente acceso digital a mostraciones de goces expuestos, que anulan el enigma de la sexualidad e invalidan el saber a producir, origina una precocidad en el goce que desborda el cuerpo, que elide los circuitos de la palabra, esos que, eventualmente, hacen de dique al torrente pulsional sin puntuación.
La soledad, el dolor de existir que sobreviene al silenciar las palabras deja lugar al pasaje al acto, a la desconexión que desborda en exceso de goce, a la emergencia del Uno sin el Otro.
Más allá, y más acá, del primer y decisivo encuentro con el lenguaje -que introduce esa pérdida originaria- la familia es entendida como un aparato de transmisión de lo vital de un goce, de un real. Un modelo de tratamiento del goce, una clave de intercambio y de satisfacción que porta un discurso a partir del cual los deseos se particularizan en marcas de goce, en modalidades de satisfacción.
La presencia del analista se inscribe como necesaria en tanto agente de separación y localizador del objeto de satisfacción.
Modulando la transferencia y la interpretación el analista articula el trauma al saber y el saber al goce, dando lugar a que, tanto un niño como su familia, puedan reinventar el circuito sinthomático y hacer con ello una nueva apuesta por el lado de la vida.


